La introspección es un precipicio en la oscuridad. De vez en cuando el precipicio toma a algún caminante de los tobillos y lo engulle sin advertencia ni explicaciones. Chris Cornell caminó en la oscuridad, se bajó del escenario y, en un momento de soledad, se entregó al precipicio. Nos dejó la áspera, melodiosa y dolorosa cadencia de su voz, que ahora invade los oídos de sus millones de admiradores ahogados en la pena y la desconcertación.
Quienes amamos la música de Chris no podemos evitar escucharlo con la mano puesta en el control del volumen, porque sabemos que cada segmento de sus canciones merecen intensidades distintas. Su música tiene ritmos y patrones volcánicos. Primero, los versos murmurantes, casi inaudibles… como el burbujeo de la lava debajo de una delgada capa de tierra. La voz de Chris transita tibia en escalas casi inofensivas, siempre con la mirada hacia adentro explorando el ingreso al cráter.
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Limitar su legado al grunge sería una enorme injusticia. Sin duda Cornell dejó su estampa en ese género intenso, efímero y suicida. Avanzó por su carrera en el limbo de los inclasificados, los inclasificables, aquellos que hacen huir a cualquier categorización. Inestable, su carrera, como lo fueron también sus composiciones.
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Temple of The Dog, uno de los side-projects más conocidos es repertorio obligado de los amantes de la turbulenta transición cultural de fines 80’s, principio 90’s y son un exponente claro del existencialismo musical que definiría la música del resto de la década. Su colaboración con Eddie Vedder en "Hunger Strike" será un perdurable himno de los más grandes duetos de la historia del rock.
Audioslave, una de las bandas más sorpresivas apareció en el ocaso de la década de los 90. Combinó la innovación musical del metal hardcore de Morello, con la herencia introspectiva de Cornell, quien ya había realizado para entonces varios proyectos solistas. La combinación fue una visita proximal a la perfección. Los ex-integrantes de Rage Against the Machine dejaron su esencia instrumental prácticamente intacta, al punto que en algunas canciones uno puede casi esperar el ingreso del rapeo agudo y desafiante de Zach de la Rocha. Pero no, ese ya era territorio de Cornell. Los punteos de Morello y los murmuros de Cornell ya habían sellado una unión indisoluble, un sello indeleble, como la voz de Mercury y la guitarra de Brian May.
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Cornell fue un vocalista inconfundiblemente poderoso, un poeta perturbado, un compositor audaz e imponente, todos ellos metidos y amalgamados en la carcaza de un hombre tímido, simple e introvertido. Su voz dolorosa se apagó sin gritar. El legado artístico de Chris Cornell se queda acá, y con él la oportunidad de hacer de este duelo una oportunidad para abrir heridas, y, siguiendo la ruta de su canto, hacer que la música nos devuelva aquello que la vida nos quitó.
Escrito por Enrique MacLean
1 comentario:
Excelente artículo Enrique, un pequeño y merecido homenaje a uno de los iconos más grandes del rock de los últimos años. Dueño de una de las mejores voces no solo de la escena que ellos mismos iniciaran en Seattle allá en los ochentas, sino en todo el género rockero. Una dura pérdida para aquellos que el rock/metal de los noventas fueron parte fundacionaria de su identidad rockera y metalera.
Saludos!
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